
Cosas que decir sin decir,
cosas que debo decir antes de perecer.
Son cosas que necesito, quiero, tengo,
sé debo hacer.
Como siempre es el tiempo,
el mismo que endurece las manos
y los gestos,
y el que hace pasar las nubes,
los días, las tardes
con su luz anaranjada, y las mañanas
frías ahora que se acerca el otoño.
Y después llegará el invierno emocional
de días cortos, como esas
emociones perdidas que nunca viví
y que deseé vivir pero que no
me atreví, supe o intentamos.
Una sensación desesperada vivimos,
gritando a susurros entre los días sin luz
y buscando la llama que brilla en el horizonte
pero que se escapa entre los dedos sin quemar
como si el fuego fuera agua detenida entre las manos,
que intentan mitigar la caída, esperando
detener el porvenir del agua que se cae
al suelo de la noche sin remedio.
Tiempo perdido y ganado sin más
mientras la noche se cierne de nuevo,
los días pasando y volviendo otra vez,
todo pasando con la sensación de ir a ningún lado,
con la fortuna de sentirse en declive constante
o en constante progresión hacia ninguna parte,
como aquel que quiere llegar a ningún lado,
el que nada necesita, el que nada espera,
el que nada quiere y tiene todo,
y sin tiempo para hacer de todo nada.
Sin tiempo y sin fuerzas.
Si el repasar lo escrito es dejarlo morir
prefiero no releer lo que escribo.
Es mejor no mirar atrás, porque el pasado pasó
y es una rayo de luz penetrando el recuerdo dormido,
una sonrisa amada que susurra en tu emoción
y que te devuelve de nuevo a la vida
por unos instantes preciosos y lúcidos
que se pierden de nuevo y regresan otra vez
con cada sonrisa.
Tu sabes que la irrealidad y tus sueños
es más real que lo real, más importante que la propia vida,
una caja de sorpresas multicolor,
un crisol que estalla y te golpea en el cielo del paladar
con su sabor dulce y su tacto susurrante.
El pasado siempre es almibarado y dulce.
Quiero una configuración vital óptima,
reiniciar mi bios parietal,
y crackear la red inalámbrica del cosmos.
He de saltar el firewall a caballo de Troya
y jugar con Jesus al pocker cada dos días
-porque es un colega más-.
Un reseteo de vez en cuando no sienta mal,
como ahora, porque resetar es síntoma
de que una auto-omnipresencia interior te rige.
Debo ser el propio Dios de mis sueños.
Es necesario ser el Dios de mi realidad.
Es obligatorio sentirse uno con el cosmos.
Dejemos un minuto de silencio por las víctimas del mundo…
…por los niños no nacidos y nacidos y qué más da.
Amor suplido con marqueting, lo falso dominando lo real,
el sucedáneo suplantó a lo real, cual transgenismo de lo real
la necedad ha ganado la partida quizá definitivamente.
Mi tiempo es el mismo tiempo que el tuyo,
un tiempo idiota y cruel, falso y perdido.
El tiempo de la sinrazón razonada, de la idiotez
definitiva asomando por encima de lo auténtico,
de lo Cierto y de lo Bueno.
Lo intelectual dejó de existir,
el significado de las cosas varió a otro significado.
Se apoderó
del hombre un caos nefasto y confuso, autodestructor
y despiadado. Quizá el mundo esté ya maldito
para siempre, quién sabe
dónde acabará el ser humano
a este ritmo de entropía.
Sinceramente siento que esto
sea tan negativo y tan triste,
triste como zorro atropellado en la carretera,
como árbol milenario talado sin compasión
-y lo que es peor, sin consciencia-,
cual ejecución en cualquier guerra,
como cuando un hermano mata a su hermano,
o ese extremo en donde un padre
sacrifica a sus hijos para sobrevivir.
Si no existe el bien y el mal,
nada de esto importa.
Pero si existe el bien y el mal
dónde esté el bien y donde esté el mal
están ahora tan lejos del hombre los conceptos
que son sólo conceptos perdidos.
De algún modo -aunque sea tan mal-
deben acabar las poesías tristes…
03/10/2010,
Pedro Martínez Alhambra (c)
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